Contra la pobreza, más billetes

Con una amiga estudiante de psicología solíamos charlar sobre cómo es posible que haya tanta gente sufriendo de hambre en el mundo. Claro que a los dos nos resultaba igual de difícil pensarlo, pero un día propuso una solución que me resultó simpática:
-Si el problema es que hay gente que no tiene para comer, ¿por qué no se les da plata para que sí tengan y listo?
-¿Pero de dónde saldría esa plata?-. Le pregunté yo.
-Que la hagan, ¡son papeles!


Por más sencilla que parezca la idea, no me digan que no está bien planteada; cuando decimos que hay gente que “no tiene para comer”, estamos diciendo que no tienen el dinero suficiente como para comprarse comida. Entonces si el problema es que no tienen plata, y tenemos la “suerte” de que a lo que nos referimos hoy con plata ya no es más un metal precioso sino un conjunto de billetes que se imprimen en una máquina; ¿por qué no hacemos más billetes y se los damos a quienes lo necesitan para que, al menos, puedan ir al almacén a comprarse algo de comer?


Esta pregunta tiene dos partes muy interesantes que a mi entender mantienen cierta diferencia; por un lado está la creación de dinero y por el otro su distribución.

En este post quiero hablar de la primera, es decir, de por qué no tiene sentido pensar en imprimir billetes como una solución a la pobreza. Por más absurdo que suene el tema, y más allá de las primeras ideas que se nos puedan venir a la cabeza (como por ejemplo: si imprimiendo dinero generamos riqueza entonces produzcamos billetes para que todos tengan mucho; o también, si ya habiendo tanta plata en el mundo hay tanta pobreza, ¿qué nos haría pensar que una mayor cantidad de billetes podría ayudar en algún sentido?), siento que aún hay mucha confusión al respecto, por lo que en esta entrada quiero enfocarme especialmente en la relación que existe entre la creación de dinero y el nivel de precios.

Emisión monetaria e Inflación

Antes de introducirme en el tema me parece importante destacar lo siguiente: una cosa es reflexionar sobre si es justa la creación de dinero, sobre quién debería hacerlo o sobre si es o no conveniente, y otra completamente distinta es hablar sobre los efectos el que produce esa creación sobre el nivel de precios. Para este último caso hay toda una disciplina, la economía, que se dedica a estudiar estos fenómenos y precisamente la inflación es un tema en el cual se avanzó mucho y, lo más interesante de todo, sobre el que existe un consenso bastante grande (en especial sobre la relación entre emisión monetaria e inflación).

Este consenso está fuertemente respaldado por lo sucedido en los distintos países a lo largo del tiempo. Es decir, hay una evidencia empírica muy grande sobre la fuerte correlación positiva que existe entre el crecimiento de la cantidad de dinero y el aumento del índice de precios. En el trabajo de Weber y McCandless se puede encontrar buena parte de dicha evidencia, tras la cual los autores concluyen que “En el largo plazo, existe una alta (casi unitaria) correlación entre la tasa de crecimiento de la oferta monetaria y la tasa de inflación”.

¿Cómo se determina el nivel de precios?

Pasemos ahora a tratar de entender por qué se puede decir que, cuando aumenta la cantidad de dinero, aumentan también los precios.

Quizás uno tenga la idea de que mientras más dinero haya circulando más fácil le será a la gente comprar bienes, pero déjenme decirles que no siempre ocurre así (de lo contrario mi amiga tendría razón: ¡Hagamos más billetes y listo!). El simple hecho de que aumente la cantidad de dinero en la economía no implica que la cantidad de recursos reales esté también creciendo. Si solo se están produciendo tres manzanas que cuestan $5 cada una, por más que haya diez personas que tengan $5 (o más), es físicamente imposible que más de tres puedan comer su manzana.

Como ocurre con los bienes, el valor del dinero se establece por medio de la oferta y demanda (con la única diferencia de que el dinero vale de acuerdo a lo que se puede comprar). De esta manera, una mayor cantidad de dinero puede ser entendida como un aumento en la oferta del mismo, por lo que si la demanda de dinero –que depende del nivel de actividad y la tasa de interés- no varía en la misma magnitud, se estaría produciendo un exceso de oferta en el mercado de dinero. Esto haría disminuir el valor del mismo, lo que equivale a decir que con la misma cantidad de dinero puedo comprar menos cosas (que en definitiva no es más que decir que los precios están subiendo).

Quizás es más sencillo pensarlo en términos de escasez; si hay mucha cantidad de un determinado bien (mucha cantidad en relación a lo que la gente lo quiere) podemos esperar que valga poco. Y mientras más haya de ese bien -y menos gente lo quiera- su valor va a ser cada vez menor. Así podemos pensar que cuando se imprimen muchos billetes su valor va a ir disminuyendo (inflación). También podemos trasladar este razonamiento al dólar; si cada vez se agranda más la brecha entre la cantidad de pesos y la cantidad de dólares (es decir, si cada vez hay más pesos y menos dólares -escasez de dólares respecto al peso-), y además (o debido a eso) cada vez menos gente quiere tener pesos, podemos esperar que cada vez necesitemos de más pesos para comprar un dólar.

Inflación

Volvamos a la inflación. Una de las principales teorías económicas sobre este tema es la Teoría Cuantitativa del Dinero, formulada como p.y=m.v, que básicamente expresa una relación entre: Cantidad de dinero (m); Nivel de producto (y); Nivel de precios (p); y Velocidad de circulación del dinero (v). De allí podemos ver que un cambio en la cantidad de dinero tiene su contrapartida por el lado del producto y/o el precio m=y.p.1/v.

De esta manera debemos esperar que un aumento en la cantidad de dinero genere aumentos en el producto y/o en los precios; más específicamente, si el aumento de m es mayor al aumento de y podemos esperar que esa diferencia se traduzca en un aumento de p. Por este lado también se puede entender la discusión que se da entre inflación y crecimiento al que dediqué mi post anteior (el trabajo antes mencionado también ofrece evidencia sobre dicha relación, o mejor dicho sobre dicha semi relación: “En el largo plazo, no existe correlación entre inflación y crecimiento del producto real”). Cómo decíamos, nadie puede pensar que vamos a tener un aumento de nuestra producción con la simple creación de dinero, por esta razón cuando se pretende aumentar el producto simplemente a través de la emisión monetaria, no nos debería causar sorpresa que ese aumento de m vaya a parar a p en lugar de a y, es decir, que nos encontremos con una mayor inflación y no con crecimiento.

En este gráfico aportado por G. Bozzoli en Foco Económico podemos encontrar algunos datos históricos sobre la teoría cuantitativa del dinero para la Argentina entre 1875 y 1990 (al menos en nuestro país pareciera que la teoría acierta bastante). Es más, probemos extender este ejercicio a la actualidad: en los últimos años viene habiendo un nivel de emisión entre el 30-35%, con niveles de crecimiento del producto de un 7-10%. ¡Adivinen cuánto es la inflación!

Un buen economista

Insisto en algo que me parece importante re-resaltar: no estamos discutiendo sobre cuestiones ideológicas, estamos tratando de entender un conocimiento compartido por una comunidad científica. Afirmar “la emisión monetaria genera inflación” (o suele hacerlo bajo determinadas circunstancias, las cuales se cumplen en la mayoría de los casos) va más allá de decir si está bien o mal emitir dinero, simplemente hace referencia a las consecuencias que tiene dicha decisión. Si se está dispuesto a emitir una mayor cantidad de dinero para mantener cierto nivel de gasto, o para lo que sea, es una decisión en la que cada uno puede tener su visión, pero lo que no podemos hacer es ignorar cuáles van a ser las consecuencias directas e indirectas de estas decisiones. Cómo diría Hazlitt en su lección: “En ello consiste la fundamental diferencia entre la buena y la mala economía. El mal economista sólo ve lo inmediato, mientras que el buen economista percibe también más allá. El primero tan sólo contempla las consecuencias directas del plan a aplicar: el segundo no desatiende las indirectas y más lejanas”.

¿Es que acaso se puede ignorar todo el conocimiento desarrollado por una disciplina?

No quiero decir que los economistas deban decidir lo que se deba hacer y lo que no –primero, porque no lo saben, y segundo, porque eso le corresponde a los políticos-, pero lo que sí es tarea de los economistas es advertir sobre las posibles consecuencias de las distintas medidas a tomar en materia de política económica (tanto a corto como a largo plazo), y transmitirlas a los tomadores de decisiones (¿y a la sociedad?) de la mejor manera posible para que estos, a partir de conocer los efectos de cada una de las opciones, puedan decidir lo que consideren lo mejor para el conjunto de la sociedad. En este sentido es fundamental entender que la economía no es meramente un conjunto de creencias o ideologías, sino una ciencia social, y como tal se dedica a estudiar los distintos fenómenos -a comprenderlos, explicarlos- con el objeto de predecir las futuras consecuencias de las distintas medidas a aplicar.
¿Qué es, sino, la economía? ¿Qué valor tiene todo el conocimiento que se ha desarrollado?

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