Sudamérica, ese fenómeno

Un origen común, varios intentos de constituirse, una realidad que se repite, en medio de dicotomías, a lo largo de toda la cordillera y hacia la línea marítima. En Latinoamérica, y aún más en la región Sur, la raíz política e histórica es una. La colonización hispánica, con el consecuente saqueo y extracción de recursos, y la configuración de un esquema de poder que se mantuvo con la independencia y emancipación, al menos política, que el continente atravesó durante el siglo XIX, es un factor común de indudable peso en la explicación del escenario actual. Por otro lado, la dependencia se mantuvo en lo económico y productivo, mientras que la desigualdad social se acentuaba. Hoy, nuestro continente quiere ser protagonista global y pugna por alzarse como aquel actor que pudo y quiere ser. En el siglo XIX, sin embargo, la perspectiva era otra.

La génesis política

 

La llama encendida por los revolucionarios franceses y norteamericanos prendió entre las élites ilustradas del continente. Bajo el pretexto de preservar la autonomía mientras el imperio napoleónico se hacía con el poder de las coronas europeas, Latinoamérica se levantó en luchas y gestas por la independencia.

Cuando llegó el momento de confeccionar y asegurar el diseño institucional, los ojos miraron al norte. En Argentina, el ideólogo de la Constitución, Juan Bautista Alberdi, no ocultaba su admiración por el sistema implementado por los federalistas en la joven Estados Unidos de América: el republicanismo con su división de poderes, con la institución del Presidente y, especialmente, el Capitolio como ejes de la negociación y la práctica política bajo la atenta mirada del aristocrático poder judicial, último recinto de la Justicia y el buen juicio.

En cambio, en nuestros países primó la perspectiva de Simón Bolívar, quien había recomendado que en tiempos de crisis, donde el principal valor a resguardar era la independencia y la rapidez de las decisiones, el Presidente fuera como un “sol”, que con autonomía y poder de decisión señalara con rapidez las acciones a seguir.

 

En Estados Unidos, al momento de la discusión entre los Federalistas, la cuestión del rol que debiera cumplir el presidente dentro del sistema llevó a los padres fundadores a decidirse por un diseño en el cual el presidente no fuera quien concentrara la mayor parte de las atribuciones. Buscaban, en palabras de Hamilton, que el presidente fuera enérgico, más semejante al “alcalde de Nueva York” que al “Rey de Inglaterra”. El parlamento no debía inclinarse ante su voluntad: el bloqueo, la discusión y la negociación debía ser constante. El presidencialismo, con la premisa de la división de poderes, debía ser un sistema descentrado, con tres poderes orientados a chocar entre sí. Es una pretensión semejante a la que se guardaría en una democracia actual con instancias de accountability aceitadas, donde los poderes de control tuvieran real injerencia en el accionar del otro. En oposición con este proyecto de presidente de los federalistas, en Latinoamérica primó la pretensión bolivariana en la que este “viene a ser en nuestra Constitución como el sol que, firme en su centro, da vida al universo”, como decía Simón Bolívar.

Así, por lo tanto, podríamos hablar de un presidencialismo a la inversa, donde un sistema que buscaba coartar las arbitrariedades, devino en uno donde el ejecutivo podía inmiscuirse en las atribuciones de los restantes poderes. Esta forma de entender el presidencialismo se hace patente en el desprecio por la negociación con los restantes poderes en caso de no contar con la anuencia automática. La presidencia es el botín al que todos aspiran, por lo que la mayor debilidad también ocurre en momentos de crisis, donde es difícil contar con la cooperación del resto del arco político para resolverla de manera no traumática. Esto, por ejemplo, se ve evidenciado en el año 2001 en la Argentina. De la Rúa, arrinconado por la crisis económica, desprovisto de apoyos dentro de la coalición que lo había llevado al poder, y con protestas populares por todo el país, no pudo recurrir al Congreso, opositor. La cooperación por parte de aquellos que también desean el premio mayor, que es la presidencia, no es un acto racional.

 

El otro extremo (los extremos nos caracterizan tanto!)

 

Pero los vicios del presidencialismo no sólo se evidencian en medio de crisis. En plena mediatización de la política y de cuestionamientos acerca de la representación, los límites de la autoridad presidencial se diluyen y se configura un nuevo esquema de poder, con indudables reminiscencias del caudillismo que durante el siglo XIX determinó las relaciones de poder. El siglo XXI comenzó, en cambio, agitado por las crisis económicas y políticas, producto de años de desmanejo en ambas áreas, degradando el tejido social y favoreciendo un viraje en la escena política. Así, presidentes fuertes y personalistas dominaron la escena, ayudados por el mismo diseño institucional.

El populismo, género tan latinoamericano, resurgió alentado por las crisis de los partidos y la aparición de liderazgos fuertes, en consonancia con el repunte de las economías impulsadas por el aumento en la demanda de commodities por parte de las economías emergentes. Las estructuras partidarias en crisis no hicieron más que ver debilitada su capacidad de canalizar, agregar y representar los intereses de la sociedad. Con todo, el panorama político resolvió sus inestabilidades a partir de estas nuevas configuraciones, incluyendo hasta juicios políticos de por medio, donde la falta de cooperación entre los actores sigue siendo la regla. Las izquierdas latinoamericanistas


En este contexto, con países como Brasil, que integra la nueva línea de economías de peso y desarrolladas, pero con altos niveles de inequidad, y otros como la propia Argentina, Sudamérica es, desde varios planos, un fenómeno único donde la inclusión es el gran desafío. Este año lo analizaremos en el SABF, donde uno de sus temas será dedicado a potenciar Sudamérica. Te invitamos a hacerlo, ¡las aplicaciones ya están abiertas!

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