El ser (in)humano

Muchas veces vivimos sin realmente ponernos a pensar lo ello que significa. La gran mayoría vive un conjunto repetitivo de 5 días laborales y 2 en los que intentan descansar de esos previos. Y, si todo va bien, a fin de mes no les falta ni pan ni techo, ni ropa ni salud. Teniendo en cuenta que somos más de 7 mil millones de personas a comportarnos más o menos de esta manera (o un poco menos, considerando el infortunio de quienes deben vivir otro tipo de vida por haber nacido o quedado fuera de este mecanismo repetitivo), es inevitable pensar que el mundo funciona en piloto automático, producto de un sistema.

¿Qué es un sistema?

Según la Real Academia Española, hay cuatro acepciones a la palabra, dos de las cuales aplican a este análisis:

1)   Conjunto de reglas o principios sobre una materia racionalmente enlazados entre sí

2)   Conjunto de cosas que relacionadas entre sí ordenadamente contribuyen a un determinado objeto

En otras palabras, para poder ordenar el mundo productivo en el que vivimos, se necesita un grupo de normas y de relaciones para que nada se escape de control, que todos podamos comer, dormir bien, vestirnos y  tener buena salud.

En el sistema en el que estamos inmersos, pocos se cuestionan si las normas y las relaciones con las cuales convivimos están bien definidas. Porque éstas no fueron creadas por alguien en particular, sino que son el producto mismo de la evolución humana; son hijas de la historia de nuestra sociedad. Pero esto no significa que hayan sido las óptimas.

De todos estos aspectos, me gustaría compartir una breve reflexión sobre el sistema de salud. No conozco cómo funciona en cada país del mundo (y aliento a que cualquiera pueda comentar al respecto), pero sí tengo una idea de lo que ocurre en la mayoría de los países capitalistas. Típicamente en estos sistemas de salud, los médicos reciben un monto de dinero por salvar vidas, aliviar dolores, mejorar síntomas, etc… Todo lo que podría resumirse en “mejorar la calidad de vida” de otra persona (a menos a nivel físico-emocional). En contrapartida, los pacientes pagan por tales servicios. Hasta aquí, todo parece lógico.

Pero ¿qué ocurre cuando la vida de una persona depende de un procedimiento médico tal que su costo superasistsalud ampliamente lo que esa persona puede pagar? Fuera del alcance de una obra social (o mecanismo similar), el paciente debe lograr, por sus propios medios, financiar algo que un doctor sabe y puede realizar; pero que – por alguna u otra razón – tiene un costo asociado elevado. Este costo puede ser la suma de: los honorarios del especialista, los medicamentos necesarios, el costo de amortización de la maquinaria necesaria, los “raros” insumos requeridos… Si el paciente no lo puede pagar, ¿se lo va a dejar morir? ¿Y si por intentar pagar, pierde todo lo que tiene, o enfrenta deudas hasta el final de sus días?

¿En qué momento se considera el valor de la vida de una persona? El sistema en el que vivimos es capaz de dejar morir a un individuo sólo por que este no tiene dinero, sin importar si el avance de la ciencia le permite salvar su vida. Hay cosas que son comprensibles, como que el trabajo del doctor merece ser retribuido. Pero ¿hasta dónde puede llegar la codicia del sistema – o la de los seres humanos que lo promueven – para que la ausencia de valores se transforme en ausencia de vida?

Pienso en esto muchas veces y cada vez que lo hago me da tristeza. Mucha. Ver que el mundo se ha transformado en un lugar donde unos pocos deciden si otros viven o no sólo por una cuestión de dinero, me da pena. Deberíamos enseñar más valores y menos finanzas; quizás sea la única forma de empezar a cambiar algo que está arraigado en nosotros desde hace mucho tiempo: algo que no elegimos pero con lo que convivimos. Si algún lector quiere compartir su punto de vista, su relato, su experiencia local, de seguro ayudará a entender mejor a este ser humano quien, a veces, de humano no tiene nada.