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La industrialización del descuidado médico

El fin de semana pasado tuve que visitar una clínica médica. Por supuesto que no fue por placer: ver gente sufriendo por dolores propios y ajenos no es lo mío. Además, casi que por definición, esos lugares son lúgubres, tristes, antinaturales. Todas luces artificiales, máquinas, computadoras que mantienen vivas a las personas, espacios a los cuales no se puede entrar…

Estar en una clínica más de dos horas es una experiencia en sí misma. Al menos, estando de observador. Una cantidad de fenómenos sociales destapa una realidad del genotipo humano no vista en cualquier otro ámbito. Quizás sea porque la necesidad apremia y en esos momentos uno se muestra como realmente es, sin pensar que esos comportamientos los guarda en un cajón cuando sale a la calle.

Paseemos un rato por los pasillos de una clínica privada que tiene de todo: desde emergencia quirúrgica, hasta guardia ginecológica. Es moderna, tiene equipos que realizan exámenes costosos, un personal supuestamente calificado, un laboratorio interno, camilleros, seguridad propia… Todo para que un enfermo se sienta cuidado, cómodo, e ilusionado con curarse.

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Capitalismo somos todos

Capitalismo somos nosotros

El mundo es terriblemente cruel. Una de cada ocho personas padece hambre. Cada año, más de 165 millones de niños sufren de desnutrición y otras 250.000 personas mueren por consumo de drogas. La riqueza está distribuida de manera muy muy desigual, el 1% de la población tiene el 50% de la riqueza, mientras que el 99% restante pelea por la otra mitad. Guerras, enfermedades, castigos, sufrimientos; infinitas cosas que es mejor ni plantearse. Pensar que todo esto está sucediendo acá y ahora es terrible. Es realmente difícil asumirlo, y en tal caso, casi imposible soportarlo. Por eso preferimos entretenernos con otras cosas, mirar un poco la tele, jugar a la pelota, charlar con amigos, tomar unos mates. Mientras más cosas y más apurados estemos, mejor: menos tiempo para pensar todo lo que sabemos que está pasando mientras estamos en casa leyendo esto.

De hecho, ahora muchos de ustedes estarán enojados conmigo. Unos me dirán: “¿Y para qué pensar en esto ahora si estaba tan tranquilo con el mate y las medialunas?”, y otros tantos pensarán, “¿¿Y yo qué culpa tengo??”. A los primeros les pido disculpas, sigan con sus medialunas (y si pueden ¡agréguenle dulce de leche!). Si sos de los segundos, estás condenado a leer lo que sigue:

 

¿Quién tiene la culpa?

Echarle la culpa al capitalismo es fácil. Maldito sistema, que oprime a los más necesitados, que margina a los sectores más pobres, que permite que unos pocos se enriquezcan a costa de otros tantos, que incentiva las guerras encubriendo grandes intereses económicos, que está creado para saciar las ambiciones infinitas de los capitalistas y su incansable afán de riqueza. Digo, poner la culpa afuera, en algo donde pareciera que no tenemos ningún margen de acción, es sencillo. Nos libera de cualquier culpa o responsabilidad por todos esos terribles sucesos que acontecen a diario; incluso nos brinda un enemigo lo suficientemente ambiguo para combatir a la manera que nos parezca. Un enemigo tan poderoso que no sólo justifica el no hacer nada (todo lo que pasa es culpa del sistema) sino que, mejor aún, podemos pretender que estamos combatiendo todos esos males levantando bandera contra ese monstruo. Cada vez más, afirmar que estamos en contra del sistema capitalista nos libera de culpa. Pareciera que pegarle al capitalismo es ayudar a los más necesitados, que maldecir nos vuelve del lado de los sectores marginados.

Contra esa postura tan cómoda como seductora, me parece importante reconocer lo siguiente: quienes vivimos en este mundo somos nosotros (yo, vos, tu amigo que está ahí cerca, tu viejo que está laburando, etc, etc). Digo, en el mundo no hay más que personas de carne y hueso. Asumamos, entonces, que la responsabilidad de todas -o mejor dicho, de la gran mayoría- las cosas que pasan en nuestro mundo recae en las personas. Quienes sentimos, pensamos y actuamos somos nosotros. Luego, lo que ocurre en el mundo es el resultado de las infinitas interacciones de acciones y decisiones que tomamos todos nosotros a cada momento.

 

¿Con esto quiero decir que toda la “culpa” de lo que sucede la tenemos nosotros?

Con esto quiero decir que es absurdo dejarnos a nosotros –individuos- a un costado. Está claro que la responsabilidad de lo queCapitalism is Dead sucede en la sociedad está dentro de la sociedad y no afuera. Está en nosotros, humanos, y no en el “capitalismo”, sistema.

Según entiendo, el capitalismo somos nosotros. Eso que llamamos sistema no es más que una forma de coordinar las infinitas decisiones que tomamos los 7.200 millones de personas a cada segundo (al menos aquellas relacionadas con la producción, el intercambio y la distribución). En este sentido, reconozcamos que quienes actuamos, decimos y decidimos somos nosotros y, por lo tanto –y por favor-, no le echemos la culpa al capitalismo, ni al neoliberalismo (ni a los intereses ocultos, ni a las fuerzas del mal).

Escuchar “el capitalismo nos vuelve egoístas” me resulta simplista, facilista. Contemplemos, al menos por un momento, la posibilidad  de que la relación sea inversa. Que no sean las personas las que se adaptan al sistema, sino el sistema el que se adapta a cómo son las personas. Pensemos, entonces, que cabe la posibilidad de que el ser egoístas nos vuelva capitalistas.

En 1973 Alemania estaba dividida en dos: la parte occidental (capitalista) y la parte oriental (comunista). Entre ellas había un muro que impedía el paso de un lugar a otro. Del lado oriental, ese muro estaba rodeado de gente tratando de treparse y pasar al otro lado. Del lado occidental, nadie. Sucede que, si bien los sistemas alternativos al capitalismo suenan muy seductores (prometen un gran bienestar social, terminar con el hambre, la marginalidad, la pobreza, y todas esas cosas que suenan muy bien y que a todos nos gustaría) requiere de un compromiso social impensable. Requiere de individuos dispuestos a trabajar por el bienestar colectivo. De individuos dispuestos a esforzarse por el prójimo tanto, o más, que por ellos mismos. De individuos que hoy no existen.

 

Tampoco exageremos

Ok, es cierto; es necesario reconocer que el problema no está afuera sino adentro. Considero fundamental aceptar que la responsabilidad principal de lo que sucede en nuestro querido planeta está en nosotros y no en ciertos conceptos abstractos y grandilocuentes. Pero tampoco quiero exagerar. Si bien creo que la culpa –o responsabilidad- es principalmente nuestra como sociedad, pienso que, a la vez, no lo es tanto en cuanto a nosotros como individuos particulares. Digo, ninguno de nosotros  (ni yo, ni vos, ni tu amigo) tenemos la posibilidad de alcanzar grandes cosas actuando de manera distinta. Si cada uno decidiese cambiar su forma de actuar, el resultado global sería prácticamente el mismo (los niños seguirían sufriendo hambre, la desigualdad sería la misma, mismos niveles de contaminación, mismas niveles de violencia, etc, etc). Haciendo una estimación vaga e injusta, el peso de nuestras acciones y decisiones sería aproximadamente del 0,000014% (1/población mundial – el link muestra el minuto a minuto de la población mundial. ¡Es apasionante, no se lo pierdan! En este momento vamos por 7.229.195.231…! ).

En ese sentido, sacate el exceso de culpa que tengas y guárdate solo ese 0,000014%. Pero ojo, tampoco te vayas a tomar un mate como si nada. Acabamos de acordar que para que las cosas cambien se necesita de un cambio social, y para eso, el cambio individual es esencial. Pero como el impacto de nuestras acciones individuales es prácticamente nulo, actuar de manera distinta y responsable requiere de un gran compromiso (conciencia-respeto-tolerancia-paciencia). Así que cuando termines el mate tirá la yerba en donde corresponda; cuando te den vuelto demás devolvé la parte que no te corresponde; cuando veas a un niño en problemas fijate cómo podés ayudarlo; y cuando estés caminando por la calle sonreile al diariero como si fuera tu amigo. Todo eso a sabiendas de que no va a cambiar nada. Todo eso hay que hacerlo; aunque sólo sea por respeto a nuestros ideales, aunque sólo sea por amor al arte.

Capitalismo Indie

No hace falta revisar muchas estadísticas o gráficas, tampoco ser un genio para darse cuenta de que varios de nuestros sistemas, como el económico, el educativo y el social, se encuentran obsoletos. Los jóvenes de hoy en día nos hemos dado cuenta de que es necesario un cambio, y que las cosas ya no pueden seguir de la misma manera, tal y como siguen estando actualmente.

“No pretendamos que las cosas cambien si siempre hacemos lo mismo” – Albert Einstein.
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Maoísmo de mercado: la paradoja del gigante

La herencia Idealista del gran Mao, en oposición a la eficiencia de Smith, es el tópico de inflexión que resuena en los confines del enorme Congreso Popular Chino. Las decisiones que tome hoy el gigante, marcarán la trayectoria política y económica en la que el país se embarcará por las próximas décadas. ‘Qué camino escogerá’ es la disyuntiva que entumece al mundo, en cuanto se juega más que simple política económica. Estamos ante una guerra fría, interna y silenciosa, la decisión de crecer liberalizando el sistema, o desacelerar manteniendo el status quo.
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Más capitalismo, más libertad

Este artículo tiene un fuerte contenido político y, como tal, estimo que mucha gente no va a estar de acuerdo con mis premisas o conclusiones. De ser así, me encantaría que dejen un comentario para que podamos debatir nuestras diferencias de opinión.

Si tuviera que definir el capitalismo en una frase, diría que es un sistema político/económico donde las personas tienen la libertad de crear riqueza y el derecho a llamarla propiedad privada. El primer país en honrarlo y gozar de sus beneficios fue Estados Unidos. De hecho, los estadounidenses inventaron el término “making money”. Antes, el dinero era un bien estático, que se podía heredar, compartir o conquistar a través de la fuerza. Por primera vez en la historia de la humanidad, un país comprendió que el dinero debe crearse, y no a través de la fuerza, sino en un marco donde el individuo dispone libremente de su tiempo, energía y mente para lograr este objetivo. Los resultados de este experimento fueron verdaderamente asombrosos: en 1800, la población estadounidense era de 5.3 millones, la expectativa de vida de 39 años y el ingreso per cápita real de $1.343 (en dólares del 2010); en el 2011, la población estadounidense fue de 308 millones, la expectativa de vida de 78 años y el PBI per cápita de $48.800, representando un creciendo de más del 3500%.
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