Reflexión

Los emprendedores y la fuerza de voluntad

Sólo existe una persona capaz de limitar tu propio crecimiento: tú mismo

Todo emprendimiento comienza a partir de una visión, un propósito, un sueño, un deseo. Esto es lo que nos motiva, lo que nos pone en movimiento. Pero ¿qué es la motivación? Desde el punto de vista lingüístico es una abstracción, no es nada tangible pero lo podemos traducir diciendo que es el combustible, la energía que necesitamos para  cubrir la distancia entre tu presente y donde quieres ir, o sea tu viaje hacia esa visión,  sueño o deseo.

Ahora bien, ¿qué más necesitamos además de motivación para comenzar este viaje? VOLUNTAD.

La voluntad está íntimamente ligada a la motivación.

La voluntad es la capacidad de los seres humanos que nos mueve a hacer cosas de manera intencionada, por encima de las dificultades, los contratiempos y el estado de ánimo.

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El Poder en la palabra

La Política

En la película La Invención de la Mentira, el humorista Ricky Gervais se encuentra de repente en una posición privilegiada. En un mundo donde la verdad es la condición natural y obvia de la sociedad, al personaje le ocurre un cambio fantástico: se le activa la capacidad de mentir. Ya no respeta esa ley natural que impide a todos decir o hacer algo que no esté refrendado en la realidad. Así, comienza a tener infinitos beneficios frente a los ingenuos que desconocen esa capacidad de la mente humana de distorsionar las percepciones ajenas.

En un mundo ideal, nosotros no mentimos. En un mundo ideal, los políticos no mienten. En un mundo ideal, quienes nos gobiernan ponen la información en nuestras manos y podemos efectivamente penalizarlos cuando hacen algo en contra de nuestro interés. En un mundo ideal, los ciudadanos pueden ejercer la accountability (rendición de cuentas), no sólo con sus representantes al momento del voto, sino estableciendo un control y aprovechando la posibilidad de examen sobre la correspondencia entre lo que prometen o critican y aquello que hacen o en la práctica sucede.

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El hambre no fue al colegio

En cualquier curso básico de Introducción al Derecho se explica por qué existen las normas (leyes, decretos, ordenanzas, disposiciones, etc.) que rigen nuestra vida diaria. Y aunque uno estudie paisajismo, ingeniería o diagnóstico por imágenes, no resulta difícil de entender: vivimos en sociedad y no podemos comportarnos de cualquier manera. En un sistema democrático, parte de los representantes del pueblo se abocan a la complicada tarea de describir las actitudes que – como sociedad – consideramos aceptables y aquellas que no. Es decir que en este sistema, el pueblo deposita la confianza en un grupo de personas para que determine las reglas bajo las cuales tenemos que comportarnos cuando salimos a la calle. Una ley no es más que eso: la disposición de nuestros derechos y obligaciones para poder llevar adelante nuestra vida de manera tranquila, aceptando que el resto de la población vela por lo mismo.

En Argentina (y seguramente en muchos otros países), todos los días vivenciamos situaciones que no entran, desafortunadamente, en la categoría de socialmente aceptables, tal como piden esos textos. Y no me refiero particularmente a aquellos graves hechos delictivos, que implican daños a la integridad física de alguna persona (como robos violentos, secuestros, violaciones, asesinatos, etc.). Tampoco a situaciones de extrema posición filosófica (eutanasia, aborto, fertilización asistida, etc.). Existen por doquier situaciones menores, pero no por ello menos importantes, que no podemos considerar aceptables para nuestra sociedad. Para estos casos,  sería interesante analizar dos cosas:

  1.    Por qué ocurren
  2.    Qué podríamos hacer para mejorar

Las situaciones a las que me refiero son variadas: no levantar la caca del perro, tirar basura en la vía pública, aceptar que un desconocido nos pida plata para “cuidarnos” el auto, ocupar la mitad de la vereda para vender mercadería… etc. Todas cosas que ocurren diariamente y que son practicadas por ciudadanos. Ciudadanos como yo,… como vos, como todos (al mejor estilo Leon Gieco). Gente que es parte de esta sociedad y decide voluntariamente no comportarse como debería…(al menos según nuestra propia ley).

Tomemos el último ejemplo: vendedores ambulantes que ocupan la mitad de una vereda para promocionar sus productos. Discusión interminable sobre la aceptabilidad de esta situación. Por un lado, los vendedores: alegan que están en su derecho de realizar una actividad comercial que les permita llevar un plato de comida a su casa. No sabrán ni conocerán otra forma de hacerlo que no sea esa. Del otro lado, la ley… la regulación de la vida en sociedad: es claro que es ilegal desde varios puntos de vista (impositivo, civil y comercial).

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¿Es necesario que quede escrito en algún lado que esta actividad debería ser considerada socialmente inaceptable? Interrumpir o dificultar la circulación en vía pública, no pagar impuestos, no registrar las ventas, competir de manera injusta con comercios del mismo rubro… (¡y ni hablar si la mercadería no es de origen lícito!). Las razones por las cuales esta actividad no debería ser considerada aceptable por todos nosotros son varias; y todas están basadas en valores que – como sociedad – defendemos y fomentamos. [Si alguno está pensando “mostrame un ejemplo de ley que lo diga”, aquí le dejo una para la Ciudad de Buenos Aires: Ley 1166 del Código de Habilitaciones de la Ciudad de Buenos Aires, Capítulo 11.1, “Permisos de uso en el Espacio Público”, artículo 11.1.17].

A mi entender, es claro: esto no debería ser aceptado. Sin embargo, sigue ocurriendo y lo seguirá haciendo. ¿Es justificable realizar una actividad ilegal para un buen fin? “Es mi única fuente de ingreso y con esto le doy de comer a mis hijos”, ¿es suficiente? Validando este punto de vista, ¿no deberíamos validar el de quien sale a robar para poder comer? Por supuesto, una situación es más grave que la otra… pero son igual de ilegales… igual de socialmente inaceptables.

¿Por qué ocurren estas situaciones? Cuando la excusa es el hambre y el sustento familiar, parece que los valores bajo los cuales construimos nuestra vida en sociedad quedan desautorizados (manteros, cuida-coches, etc.). Y peor aún, algunos valores se pierden sin siquiera tener una excusa (tirar basura en la calle, no levantar la caca del perro, etc.)… Y estoy hablando sólo de situaciones menores, en las que la propiedad privada y la integridad física de cada uno no se ven comprometidas.

Si entendemos de una vez que lo más importante a enseñarle a una persona son las actitudes que aceptamos como sociedad, vamos a dejar de pelear por los contenidos técnicos de una currícula y vamos a empezar a llevarnos mejor. Realmente me pregunto: ¿tan difícil es? ¿Se necesitan estudios de alto grado para comprender que lo que importa es que eduquemos actitudes y no que forcemos conocimientos? Discutimos miles de reglas complejas, pero ninguna de convivencia básica…

Una vida estándar en un país estándar

Francia posee 29273 kilómetros de líneas ferroviarias. A ver, esto es como ir desde Buenos Aires a Chicago, volver a la capital argentina, y luego re-retornar al Estado de Illinois. Todos los días circulan 15000 formaciones (un promedio de más de 10 por minuto, y de 5.5 millones al año), que cubren alrededor de 3000 ciudades del territorio galo.

A simple vista es de esperar que, con una red de tal magnitud, sólo el mantenimiento de las vías implique un gran trabajo; y que la enorme cantidad de conexiones/trasbordos pueda provocar retrasos o desempeños no esperados. Sin ir más lejos, en el año 2013 la Société Nationale des Chemins de Fer (SNCF), principal compañía ferroviaria del país, reportó un total de 22 accidentes. Entre 2013 y 2014, uno de cada diez pasajeros “sufrió” un retraso de al menos 5 minutos en algún tren de la red.

Los pasajeros y usuarios regulares no dudan un segundo en hacer catarsis y expresar sus quejas en los diferentes medios que la web 2.0 les ofrece: foros, redes sociales, sitios oficiales, etc. Todos juntos aunados por la queja: ¡no es aceptable que un tren se retrase más de 5 minutos! Mucho menos si hay un accidente: ¡¿qué clase de empresa es esta en la que viajamos!?

Por mucho tiempo creí que estos eran – entre otros – problemas “primermundistas”. Como ellos nunca tuvieron la oportunidad de viajar en el subterráneo de Buenos Aires en hora pico (cuyo problema principal es la falta de frecuencia por no contar con suficientes formaciones y una red no-optimizada), solía creer que sus pedidos y reclamos se podían catalogar como “menores”.  En mi antiguo razonar, si un tren de media distancia Montpellier – París se retrasaba 15 minutos, yo no veía problema alguno. Ni quejas, ni reclamos, ni suspiros: paciencia y aceptación.

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Pero después me puse a pensar un poco más allá: intenté entender las razones por las cuales los países en vías de desarrollo, como los latinoamericanos, no lograban tener una infraestructura como aquella. Y aún un poquito más lejos: por qué la calidad de vida (ya en un sentido más amplio) lograba a veces ser tan diferente. ¿Es tan alejada una realidad de la otra? Sin entrar en cuestiones políticas – que implicarían interminables análisis sobre la toma de decisiones de un tal o cual – me di cuenta de que mi postura pasada era un poco errada.

Quizás esta reflexión sea un poco simplista, pero creo casi firmemente de que la diferencia fundamental yace en una cuestión educacional y cultural, y es – quizás lo más fuerte – totalmente independiente del poderío económico o fortaleza política del país. La diferencia existe porque tanto Francia como otros países desarrollados han establecido un estándar de condiciones de vida. Han logrado definir qué es aceptable y qué no, como sociedad, como grupo de convivencia humana.

stopHoy, si un francés va manejando por la calle y ve una señal de “PARE”, no lo duda: desacelera, casi hasta el punto muerto, mira a ambos lados, y recién ahí vuelve a acelerar. No importa si ya sabe que no viene nadie; no importa si es innecesario que, de hecho, pare. El conductor respeta esa señal tal cual se lo enseñaron. ¿Será porque le quitan puntos si lo agarran en contravención? No: es indistinto si hay o no un policía vigilante. Lo hace porque así considera que debe hacerse: porque eso es lo que considera aceptable como conducta. Ni una excelente, ni una pésima conducta: una aceptable, esperable, una conducta estándar.

Y así ocurre con todo… (bueno, con casi todo). Desde por qué se quejan si hay un retraso, o un accidente de tren (aunque las estadísticas anteriores muestren que 22 accidentes en 5.5 millones de trayectos equivalgan a 1 en 248 863), hasta por qué esperan que el agua y el pan se sirvan gratis en un restaurant. Es lo que ellos consideran la base de lo razonablemente aceptable para vivir en sociedad. Esto no quita que las cosas puedan hacerse aún mejor, ni mucho menos que estos países no tengan problemas… por supuesto que los tienen.

La International Organization for Standarization (ISO) ha definido a lo largo de la historia todo un conjunto de normas para establecer un nivel de aceptación común en la industria: el nivel estándar. No es el nivel al que hay que aspirar: por supuesto que se puede ir más lejos. Pero definitivamente no es el nivel para estar por debajo.

¿Deberíamos pedirle a esta empresa que cree una norma ISO-N0001, para dejar en claro cómo queremos vivir? Quizás deberíamos empezar a reclamar más y dejar de aceptar tanto. Pasar a la acción y no apagarnos en la palabra. Una barrera más alta sea quizás la fuerza impulsora hacia el cambio que necesitamos los países en vías de desarrollo.

El poder al alcance de todas

Mujeres presidentas, mujeres líderes de empresas, mujeres directoras de compañías, mujeres emprendedoras, mujeres innovadoras, mujeres apropiándose de los sitiales de poder (quiero resaltar que Google me corrigió y puso “-entas” cuando me referí a las mandatarias). La revolución feminista después de tantas luchas ya puede proclamarse triunfadora, ¿no es cierto?

Es indudable que las compañías líderes de la vanguardia económica y empresarial están cada vez más sensibles a la incorporación de la mujer en los espacios de decisión. Al fin y al cabo, la igualdad vende, la temática del género está cada vez más universalizada y la sociedad penaliza con fuerza a la discriminación.

Bueno, quizás no.

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El gobierno electrónico y el monstruo de las oficinas públicas

Amanecí con la noticia de que Uruguay era líder de la región en cuanto a gobierno electrónico[1]. Como uruguayo que soy, fue algo que me llamó la atención, y eso me sirvió como disparador para analizar la importancia de tal tipo de gobierno.

La globalización ha hecho que se vuelva necesario modificar la forma en la que trabaja un Estado y atiende a sus ciudadanos. El uso de tecnologías se ha vuelto fundamental para que los gobiernos mejoren su gestión y servicios a través del e-government. Pero, ¿qué es el gobierno electrónico? La Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno definió a el gobierno electrónico como “el uso de las tecnologías de la información y de la comunicación (TIC) en los órganos de la Administración Pública para mejorar la información y los servicios ofrecidos a los ciudadanos, orientar la eficacia y eficiencia de la gestión pública e incrementar sustantivamente la transparencia del sector público y la participación de los ciudadanos”[2].

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El Bullying: ¿culpa de padres o maestros?

Recuerdo que de pequeña mis amigos y compañeros de clase realizaban juegos en donde medían su fuerza, competían en carreras de velocidad y ponían sus brazos sobre una mesa para vencer a su contrincante. Aquellas entretenidas actividades hacían pensar a muchos de nosotros que había rivalidad entre ellos, pero al terminar los juegos todos continuaban siendo amigos y compañeros de clase.

Ahora parece ser distinto, y es que los pequeños juegos se han convertido en una sátira de la violencia que los niños y adolescentes consideran es común. En un entorno saturado de las tendencias, la moda y la falta de información, los pequeños niños se vuelven en gigantes malvados que se la pasan asechando a su presa día a día dentro del salón de clase. Frente a los ojos de todos los alumnos, e incluso algunas veces de los maestros, estos niños y adolescentes tienen como finalidad humillar y hacer sentir mal a su compañero al que llaman “el más débil”.

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Entendiendo el impacto de las redes sociales

Martes 24 de junio. Mundial Brasil 2014. Minuto 79. Uruguay e Italia se disputan un lugar en los octavos de final de la Copa del Mundo. De pronto, sucede algo que dará vuelta al mundo. Luis Suárez, la estrella de la selección uruguaya actual y uno de los mejores jugadores del mundo, le da un mordisco al italiano Giorgio Chiellini. El juego sigue, dos minutos después Godín marca el único gol del encuentro y estampa la clasificación de los charrúas.

Pero esto no termina ahí. En la actualidad, en el “mundo 2.0”, donde todo se ve, todo se dice, las historias continúan hasta que las personas lo decidan. El mundo offline y el online se complementan, se fusionan, haciendo que la línea divisoria sea a veces muy difícil de distinguir. Hoy las redes sociales exponen, dejan en evidencia, impulsan, agrandan.

A partir del minuto 79 de ese partido del mundial, se iniciaron una serie de eventos que terminarían desencadenando en el triste final para el delantero celeste. Las redes sociales se caracterizan por, entre otras cosas, el humor y la ironía. Este tipo de posteos o tweets son los que en general causan más engagement en la audiencia. Y con tal situación en el partido, los chistes, imagenes y videos no se harían esperar, sumándose a la movida varias marcas como McDonald’s o Snickers. En segundos Luis Suárez y su mordisco se convirtieron en Trending Topic (o “tema del momento”) en todo el mundo.

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La industrialización del descuidado médico

El fin de semana pasado tuve que visitar una clínica médica. Por supuesto que no fue por placer: ver gente sufriendo por dolores propios y ajenos no es lo mío. Además, casi que por definición, esos lugares son lúgubres, tristes, antinaturales. Todas luces artificiales, máquinas, computadoras que mantienen vivas a las personas, espacios a los cuales no se puede entrar…

Estar en una clínica más de dos horas es una experiencia en sí misma. Al menos, estando de observador. Una cantidad de fenómenos sociales destapa una realidad del genotipo humano no vista en cualquier otro ámbito. Quizás sea porque la necesidad apremia y en esos momentos uno se muestra como realmente es, sin pensar que esos comportamientos los guarda en un cajón cuando sale a la calle.

Paseemos un rato por los pasillos de una clínica privada que tiene de todo: desde emergencia quirúrgica, hasta guardia ginecológica. Es moderna, tiene equipos que realizan exámenes costosos, un personal supuestamente calificado, un laboratorio interno, camilleros, seguridad propia… Todo para que un enfermo se sienta cuidado, cómodo, e ilusionado con curarse.

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La costumbre mata sueños

Hoy por hoy nos vemos sumergidos en un mundo insaciable. Cada día que pasa el mundo profesional se vuelve más frío y más exigente. La inserción laboral que preocupa a tantos jóvenes se vuelve más difícil y para poder superar ese estándar no hay actividad que sea suficiente. ¿Qué logramos con esto? En el mundo hay millones de personas extremadamente capacitadas que probablemente se vean sumergidas en una rutina que no sea grata, cómoda, o peor: que no sea lo que soñaban. ¿Qué pasa con estos sueños? La rutina mata sueños. Eso es lo que pasa. Lo peor que podés hacer es acostumbrarte a algo. Se pierde el misterio, la emoción, esa sensación de novedad y el gustito a “no sé qué va a pasar hoy”.

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