Reflexión

El gobierno electrónico y el monstruo de las oficinas públicas

Amanecí con la noticia de que Uruguay era líder de la región en cuanto a gobierno electrónico[1]. Como uruguayo que soy, fue algo que me llamó la atención, y eso me sirvió como disparador para analizar la importancia de tal tipo de gobierno.

La globalización ha hecho que se vuelva necesario modificar la forma en la que trabaja un Estado y atiende a sus ciudadanos. El uso de tecnologías se ha vuelto fundamental para que los gobiernos mejoren su gestión y servicios a través del e-government. Pero, ¿qué es el gobierno electrónico? La Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno definió a el gobierno electrónico como “el uso de las tecnologías de la información y de la comunicación (TIC) en los órganos de la Administración Pública para mejorar la información y los servicios ofrecidos a los ciudadanos, orientar la eficacia y eficiencia de la gestión pública e incrementar sustantivamente la transparencia del sector público y la participación de los ciudadanos”[2].

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El Bullying: ¿culpa de padres o maestros?

Recuerdo que de pequeña mis amigos y compañeros de clase realizaban juegos en donde medían su fuerza, competían en carreras de velocidad y ponían sus brazos sobre una mesa para vencer a su contrincante. Aquellas entretenidas actividades hacían pensar a muchos de nosotros que había rivalidad entre ellos, pero al terminar los juegos todos continuaban siendo amigos y compañeros de clase.

Ahora parece ser distinto, y es que los pequeños juegos se han convertido en una sátira de la violencia que los niños y adolescentes consideran es común. En un entorno saturado de las tendencias, la moda y la falta de información, los pequeños niños se vuelven en gigantes malvados que se la pasan asechando a su presa día a día dentro del salón de clase. Frente a los ojos de todos los alumnos, e incluso algunas veces de los maestros, estos niños y adolescentes tienen como finalidad humillar y hacer sentir mal a su compañero al que llaman “el más débil”.

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Entendiendo el impacto de las redes sociales

Martes 24 de junio. Mundial Brasil 2014. Minuto 79. Uruguay e Italia se disputan un lugar en los octavos de final de la Copa del Mundo. De pronto, sucede algo que dará vuelta al mundo. Luis Suárez, la estrella de la selección uruguaya actual y uno de los mejores jugadores del mundo, le da un mordisco al italiano Giorgio Chiellini. El juego sigue, dos minutos después Godín marca el único gol del encuentro y estampa la clasificación de los charrúas.

Pero esto no termina ahí. En la actualidad, en el “mundo 2.0”, donde todo se ve, todo se dice, las historias continúan hasta que las personas lo decidan. El mundo offline y el online se complementan, se fusionan, haciendo que la línea divisoria sea a veces muy difícil de distinguir. Hoy las redes sociales exponen, dejan en evidencia, impulsan, agrandan.

A partir del minuto 79 de ese partido del mundial, se iniciaron una serie de eventos que terminarían desencadenando en el triste final para el delantero celeste. Las redes sociales se caracterizan por, entre otras cosas, el humor y la ironía. Este tipo de posteos o tweets son los que en general causan más engagement en la audiencia. Y con tal situación en el partido, los chistes, imagenes y videos no se harían esperar, sumándose a la movida varias marcas como McDonald’s o Snickers. En segundos Luis Suárez y su mordisco se convirtieron en Trending Topic (o “tema del momento”) en todo el mundo.

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La industrialización del descuidado médico

El fin de semana pasado tuve que visitar una clínica médica. Por supuesto que no fue por placer: ver gente sufriendo por dolores propios y ajenos no es lo mío. Además, casi que por definición, esos lugares son lúgubres, tristes, antinaturales. Todas luces artificiales, máquinas, computadoras que mantienen vivas a las personas, espacios a los cuales no se puede entrar…

Estar en una clínica más de dos horas es una experiencia en sí misma. Al menos, estando de observador. Una cantidad de fenómenos sociales destapa una realidad del genotipo humano no vista en cualquier otro ámbito. Quizás sea porque la necesidad apremia y en esos momentos uno se muestra como realmente es, sin pensar que esos comportamientos los guarda en un cajón cuando sale a la calle.

Paseemos un rato por los pasillos de una clínica privada que tiene de todo: desde emergencia quirúrgica, hasta guardia ginecológica. Es moderna, tiene equipos que realizan exámenes costosos, un personal supuestamente calificado, un laboratorio interno, camilleros, seguridad propia… Todo para que un enfermo se sienta cuidado, cómodo, e ilusionado con curarse.

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La costumbre mata sueños

Hoy por hoy nos vemos sumergidos en un mundo insaciable. Cada día que pasa el mundo profesional se vuelve más frío y más exigente. La inserción laboral que preocupa a tantos jóvenes se vuelve más difícil y para poder superar ese estándar no hay actividad que sea suficiente. ¿Qué logramos con esto? En el mundo hay millones de personas extremadamente capacitadas que probablemente se vean sumergidas en una rutina que no sea grata, cómoda, o peor: que no sea lo que soñaban. ¿Qué pasa con estos sueños? La rutina mata sueños. Eso es lo que pasa. Lo peor que podés hacer es acostumbrarte a algo. Se pierde el misterio, la emoción, esa sensación de novedad y el gustito a “no sé qué va a pasar hoy”.

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¿Diversidad cultural?

No hay culturas mejores que otras. Nadie tiene la verdad sobre qué reglas deben de regir en una sociedad. En ciertos lugares priman determinados valores, que bien pueden ser similares a los nuestros o bien pueden ser muy distintos. Lo importante ante todo es respetar al prójimo, aceptar las diferencias. Entender que no hay culturas mejores ni culturas peores, simplemente hay culturas diferentes.

Si estás en una mesa de extraños y querés quedar bien, ya tenés tu discurso. No solo suena profundo y lindo, sino que está de moda… es cool!

Ahora bien, me pregunto cuánto hay de cierto en eso… ¿Puede reducirse todo a cuestiones relativas?

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Dar o no dar, he ahí el dilema

donarSi tuvieras bastante dinero disponible para hacer una buena acción, ¿qué harías? ¿Lo donarías a una persona que lo necesita? ¿O a una organización que persigue una causa de tu interés? ¿Quizás formarías una propia? Dejemos de lado por un rato la posibilidad de iniciar una empresa social y elegí alguna entre las miles de fundaciones, asociaciones e iniciativas que hay en nuestro país y que estarían más que felices de aceptar tu aporte. ¿Por cuál te decidirías? Y lo más importante… ¿qué querrías que hicieran con tu colaboración?

Hace un par de semanas me encontré con una recomendación en el inicio de Facebook, un poco tardía. Una charla TED de 2013 a cargo de Dan Pallotta que plantea algo sobre lo que muchas veces he reflexionado, una idea a la que de alguna manera me había arrimado. Acá pueden verla. Es una buena charla y no quiero que la dejen pasar, así que sólo les apunto el tema que más me llamó la atención. Pallotta plantea que hay una presión social sobre las organizaciones para que no inviertan en acciones de marketing los recursos que consiguen, porque cualquier dólar que no sea destinado al trabajo en campo pareciera ser que es un derroche superfluo. Esto obliga a que dejen de lado muchas tareas que les permitirían explotar y multiplicar sus recursos, sólo para no perder el beneplácito de la sociedad que las apoya y que les brinda la legitimidad necesaria para erigirse como representantes en una cuestión.  Continue reading…

Cuando las palabras no siempre son las cosas

Como el refrán popular dice que ‘no todo lo que brilla es oro’, también podemos decir que no todo lo que se viste de verde es realmente respetuoso con el ambiente que nos rodea. Una nueva brecha entre el ser y el parecer del dilema existencial de la obra de Shakespeare. Greenwashing. Tal vez pocos sepan de qué se trata o a qué alude, pero seguro muchos lo tuvieron más de una vez frente a sus narices.

El argot empresarial se embebe de conceptos como ‘Economía sustentable’, ‘Producto ecológico’, ‘Naturalmente elaborado’ y ‘Proceso ecosostenible’, términos que no pueden ser escindidos de un contexto en donde lo verde invita y suma. Pero con el afán de quedar refugiados bajo el paraguas de la sustentabilidad, estos mensajes caminan, muchas veces, al filo de la verdad.

La preocupación por la sustentabilidad y el ambiente adquieren un rol de cada vez mayor importancia. La sociedad se ha vuelto consciente de que la demanda de la humanidad excede la oferta de la tierra: consumimos más de lo que puede darnos nuestro planeta, lo cual no es sustentable, ya que desbordamos la capacidad de los medios naturales de regenerarse y seguir disponibles para futuras generaciones. Esto cuestiona la posibilidad de un auténtico desarrollo sustentable. Se ha indicado, además, la necesidad de incorporar un consumo responsable como una opción para reemplazar hábitos y prácticas, que en el marco de la sustentabilidad, se han vuelto insostenibles. A la vez, son cada vez mayores las exigencias por obtener información sobre el comportamiento de las empresas y las consecuencias medioambientales de sus políticas.

Ahora bien, en el reconocimiento de las expectativas de la sociedad y de que los productos que surgen de políticas depicture 100 responsabilidad social son más dignos de ser comprados, las empresas buscan darle una pincelada verde a sus productos, servicios y proyectos, aunque éstos no cumplan con ninguna pauta fehaciente de sustentabilidad. En pocas palabras, se comunica sustentabilidad, sin ser sostenible.

Esta práctica describe un giro en las acciones de muchas organizaciones: en su intento por proyectar una imagen ‘amigable’ con el ambiente y mejorar su reputación, se van alejando cada vez más de lo que implica una verdadera Responsabilidad Social Empresaria. Se padece de una suerte de miopía al construir una careta verde, viciada de cortoplacismo, que oculta perjuicios e intereses y obstaculiza el desarrollo de un compromiso duradero con el ambiente.

En 1999 el término “Greenwash” fue incorporado al Oxford English Dictionary como “desinformación diseminada por una organización, de tal manera de presentarla con una imagen pública medioambiental responsable”. Una palabra nueva para un concepto viejo. De hecho, el acto de inducir erróneamente a los consumidores en relación con los beneficios ambientales de un producto o con las prácticas de una empresa se parece mucho al whitewashing, que refiere al acto de disfrazar malas praxis políticas. El surgimiento de este concepto, literalmente “enjuagando en verde”, no es sino una alerta sobre la creciente disposición de empresas con actividades contaminantes que se muestran preocupadas, no por mejorar sus procesos, sino por desarrollar estrategias comunicativas que enjuaguen la cara de sus productos – para permitir que sus clientes se sientan absueltos de la culpa de consumirlos. De hecho, en un acto casi de autocompasión, se busca encubrir productos insustentables mediante rótulos de sustentabilidad a fin de silenciar la mala conciencia de los consumidores, permitiendo continuar por la vía del consumo desmedido – que estimula la economía pero destruye nuestro ambiente con mayor entusiasmo (aunque con menos culpa).

Ninguna rama de  la economía es inmune al fenómeno. Hoy cada vez más nombres de productos, etiquetados, publicidades y campañas de marketing se rodean de un aura de ecologismo que carece de un componente esencial: su fundamento. Palabras que no son cosas. Afirmaciones vagas, llenas de ambigüedades, expresiones genéricas y engañosas como ‘todo natural’, ‘ecológico’ o algún otro distintivo verde.

También en el campo de la construcción y la arquitectura se afirma que se ha logrado por primera vez un estilo internacional sui generis, que define un nuevo movimiento, el sustentabilismo.

Pocas veces los consumidores nos preguntamos si estos productos representan un compromiso real o son sólo estrategias comerciales de un marketing a la moda para mejorar la cuota de mercado. Lo cierto es que se dan las dos situaciones: empresas que apuestan por la honestidad y otras que abusan del Greenwashing, pero una de las consecuencias más nefastas de estas últimas es que pueden atentar contra la credibilidad de las acciones de las primeras, que sí muestran preocupación y actúan conforme a ella.

Es un hecho positivo el que los principios ecologistas se impongan como preocupación en la conciencia de la sociedad: la ‘sustentabilidad’ está ahora en boca de todos, rodea las publicidades y la presentación de los productos que consumimos, asedia escuelas primarias, secundarias y universitarias. Sin embargo, deja un halo de fracaso: ese contagio es, en buena parte, hueco y refleja una preocupación de los consumidores y ciudadanos; pero enmascara el hecho de que nuestros hábitos y prácticas de consumo, así como los productos y servicios siguen siendo, en su núcleo, muy poco sustentables.

Sería errado afirmar que el uso del concepto se reduce únicamente al desempeño empresarial. Para muchos ambientalistas yrio20 organizaciones de la sociedad civil, Río+20 trasciende tranquilamente como un ejemplo más de maquillaje medioambiental, sólo que esta vez es más terrible porque al lavado de imagen acuden los países y nuestros representantes. La Cumbre sobre Desarrollo Sostenible, que se llevó a cabo en 2012 en Río de Janeiro con 193 Estados participantes, finalizó con un documento sigiloso, que se titula El futuro que queremos. Una vez más, buenas palabras pero vacías de contenidos, mucha verborrea. Un texto donde los compromisos están ausentes, los enunciados son difusos y, la falta de ambición para mejorar la situación de nuestro planeta por medio de medidas concretas es harto evidente. Comparable con el texto de la Conferencia de Estocolmo de 1972, sólo cambia la terminología, mas no la actitud. Greenwashing+20.

Para finalizar, tal vez aquí sea necesario retomar lo que hace más de 2000 años decía Lao Tse “La mejor manera de hacer es ser“, lo cual pone al sujeto sobre el actor porque el hacer genera ser. De allí, que sea necesario que las palabras se correspondan con las cosas..

Capitalismo somos todos

Capitalismo somos nosotros

El mundo es terriblemente cruel. Una de cada ocho personas padece hambre. Cada año, más de 165 millones de niños sufren de desnutrición y otras 250.000 personas mueren por consumo de drogas. La riqueza está distribuida de manera muy muy desigual, el 1% de la población tiene el 50% de la riqueza, mientras que el 99% restante pelea por la otra mitad. Guerras, enfermedades, castigos, sufrimientos; infinitas cosas que es mejor ni plantearse. Pensar que todo esto está sucediendo acá y ahora es terrible. Es realmente difícil asumirlo, y en tal caso, casi imposible soportarlo. Por eso preferimos entretenernos con otras cosas, mirar un poco la tele, jugar a la pelota, charlar con amigos, tomar unos mates. Mientras más cosas y más apurados estemos, mejor: menos tiempo para pensar todo lo que sabemos que está pasando mientras estamos en casa leyendo esto.

De hecho, ahora muchos de ustedes estarán enojados conmigo. Unos me dirán: “¿Y para qué pensar en esto ahora si estaba tan tranquilo con el mate y las medialunas?”, y otros tantos pensarán, “¿¿Y yo qué culpa tengo??”. A los primeros les pido disculpas, sigan con sus medialunas (y si pueden ¡agréguenle dulce de leche!). Si sos de los segundos, estás condenado a leer lo que sigue:

 

¿Quién tiene la culpa?

Echarle la culpa al capitalismo es fácil. Maldito sistema, que oprime a los más necesitados, que margina a los sectores más pobres, que permite que unos pocos se enriquezcan a costa de otros tantos, que incentiva las guerras encubriendo grandes intereses económicos, que está creado para saciar las ambiciones infinitas de los capitalistas y su incansable afán de riqueza. Digo, poner la culpa afuera, en algo donde pareciera que no tenemos ningún margen de acción, es sencillo. Nos libera de cualquier culpa o responsabilidad por todos esos terribles sucesos que acontecen a diario; incluso nos brinda un enemigo lo suficientemente ambiguo para combatir a la manera que nos parezca. Un enemigo tan poderoso que no sólo justifica el no hacer nada (todo lo que pasa es culpa del sistema) sino que, mejor aún, podemos pretender que estamos combatiendo todos esos males levantando bandera contra ese monstruo. Cada vez más, afirmar que estamos en contra del sistema capitalista nos libera de culpa. Pareciera que pegarle al capitalismo es ayudar a los más necesitados, que maldecir nos vuelve del lado de los sectores marginados.

Contra esa postura tan cómoda como seductora, me parece importante reconocer lo siguiente: quienes vivimos en este mundo somos nosotros (yo, vos, tu amigo que está ahí cerca, tu viejo que está laburando, etc, etc). Digo, en el mundo no hay más que personas de carne y hueso. Asumamos, entonces, que la responsabilidad de todas -o mejor dicho, de la gran mayoría- las cosas que pasan en nuestro mundo recae en las personas. Quienes sentimos, pensamos y actuamos somos nosotros. Luego, lo que ocurre en el mundo es el resultado de las infinitas interacciones de acciones y decisiones que tomamos todos nosotros a cada momento.

 

¿Con esto quiero decir que toda la “culpa” de lo que sucede la tenemos nosotros?

Con esto quiero decir que es absurdo dejarnos a nosotros –individuos- a un costado. Está claro que la responsabilidad de lo queCapitalism is Dead sucede en la sociedad está dentro de la sociedad y no afuera. Está en nosotros, humanos, y no en el “capitalismo”, sistema.

Según entiendo, el capitalismo somos nosotros. Eso que llamamos sistema no es más que una forma de coordinar las infinitas decisiones que tomamos los 7.200 millones de personas a cada segundo (al menos aquellas relacionadas con la producción, el intercambio y la distribución). En este sentido, reconozcamos que quienes actuamos, decimos y decidimos somos nosotros y, por lo tanto –y por favor-, no le echemos la culpa al capitalismo, ni al neoliberalismo (ni a los intereses ocultos, ni a las fuerzas del mal).

Escuchar “el capitalismo nos vuelve egoístas” me resulta simplista, facilista. Contemplemos, al menos por un momento, la posibilidad  de que la relación sea inversa. Que no sean las personas las que se adaptan al sistema, sino el sistema el que se adapta a cómo son las personas. Pensemos, entonces, que cabe la posibilidad de que el ser egoístas nos vuelva capitalistas.

En 1973 Alemania estaba dividida en dos: la parte occidental (capitalista) y la parte oriental (comunista). Entre ellas había un muro que impedía el paso de un lugar a otro. Del lado oriental, ese muro estaba rodeado de gente tratando de treparse y pasar al otro lado. Del lado occidental, nadie. Sucede que, si bien los sistemas alternativos al capitalismo suenan muy seductores (prometen un gran bienestar social, terminar con el hambre, la marginalidad, la pobreza, y todas esas cosas que suenan muy bien y que a todos nos gustaría) requiere de un compromiso social impensable. Requiere de individuos dispuestos a trabajar por el bienestar colectivo. De individuos dispuestos a esforzarse por el prójimo tanto, o más, que por ellos mismos. De individuos que hoy no existen.

 

Tampoco exageremos

Ok, es cierto; es necesario reconocer que el problema no está afuera sino adentro. Considero fundamental aceptar que la responsabilidad principal de lo que sucede en nuestro querido planeta está en nosotros y no en ciertos conceptos abstractos y grandilocuentes. Pero tampoco quiero exagerar. Si bien creo que la culpa –o responsabilidad- es principalmente nuestra como sociedad, pienso que, a la vez, no lo es tanto en cuanto a nosotros como individuos particulares. Digo, ninguno de nosotros  (ni yo, ni vos, ni tu amigo) tenemos la posibilidad de alcanzar grandes cosas actuando de manera distinta. Si cada uno decidiese cambiar su forma de actuar, el resultado global sería prácticamente el mismo (los niños seguirían sufriendo hambre, la desigualdad sería la misma, mismos niveles de contaminación, mismas niveles de violencia, etc, etc). Haciendo una estimación vaga e injusta, el peso de nuestras acciones y decisiones sería aproximadamente del 0,000014% (1/población mundial – el link muestra el minuto a minuto de la población mundial. ¡Es apasionante, no se lo pierdan! En este momento vamos por 7.229.195.231…! ).

En ese sentido, sacate el exceso de culpa que tengas y guárdate solo ese 0,000014%. Pero ojo, tampoco te vayas a tomar un mate como si nada. Acabamos de acordar que para que las cosas cambien se necesita de un cambio social, y para eso, el cambio individual es esencial. Pero como el impacto de nuestras acciones individuales es prácticamente nulo, actuar de manera distinta y responsable requiere de un gran compromiso (conciencia-respeto-tolerancia-paciencia). Así que cuando termines el mate tirá la yerba en donde corresponda; cuando te den vuelto demás devolvé la parte que no te corresponde; cuando veas a un niño en problemas fijate cómo podés ayudarlo; y cuando estés caminando por la calle sonreile al diariero como si fuera tu amigo. Todo eso a sabiendas de que no va a cambiar nada. Todo eso hay que hacerlo; aunque sólo sea por respeto a nuestros ideales, aunque sólo sea por amor al arte.

¿Puede un ratón competir con un gigante petrolero?

Así lo planteaba el reconocido PhD José Cordeiro, Presidente de la Sociedad Mundial del Futuro – Filial Venezuela y docente de la mickeymouseSingularity University. Cordeiro no se refería a cualquier ratón, sino a Mickey Mouse, cuya marca registrada forma parte del gigante corporativo “The Walt Disney Company”, transnacional que ha conseguido materializar formidables ganancias procesando los recursos naturales exportados por empresas Latinoamericanas como la estatal venezolana PDVSA. ¿Cuál es el secreto? Agregan valor.

Es innumerable la cantidad de productos que podemos encontrar relacionados con este personaje animado: corbatas, relojes, sombreros, juguetes, entre otros, son comercializados alrededor del mundo. Latinoamérica es parte importante de la cadena logística de generación de valor que llevan estos productos aportando la materia prima, en el caso de Venezuela exportando su petróleo cuyos derivados, como el plástico, son indispensables para prácticamente todos los productos relacionados con Mickey Mouse.

Si observamos las ganancias de PDVSA, un barril de 159 litros oscila entre los 90 y 110 dólares en el mercado mundial, por lo que el ingreso por barril exportado se encuentra dentro de este margen. Por otra parte, un juguete plástico de Mickey Mouse cuesta aproximadamente 11,50 dólares. Cabe cuestionarse: ¿cuántos juguetes plásticos de Mickey se pueden obtener usando como materia prima un barril de petróleo? Podemos estar seguros que los suficientes para superar varias veces las ganancias que obtiene la gigante petrolera por cada barril exportado.

El ascenso de las economías emergentes de Asia ha reforzado nuestro papel de exportadores de materias primas, rol al que nos hemos aferrado sin internalizar la importancia de diversificar hacia actividades intensivas en conocimiento y tecnología. Allí es donde se generan más y mejores oportunidades que sacarían de la pobreza a la población, a través de empleos estables y bien remunerados. Cordeiro plantea: “PDVSA cuenta con unas reservas impresionantes de petróleo, el pobre Mickey Mouse no tiene ningún recurso natural. Todo el poder de Mickey está en su mente, en su cerebro, en su imaginación, en su capacidad de crear e innovar”.

Según el informe de Perspectivas Económicas de América Latina 2014 de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), el 60% de los bienes que exporta América Latina terminan siendo recursos naturales sin mayor valor añadido. En el caso de Venezuela, se exporta mayormente gas y petróleo; este último, luego de ser exportado, es procesado y apalanca el crecimiento de otros países. Las naciones emergentes aprovechan nuestras materias primas para producir bienes elaborados y generan cada día más y mejores empleos, ¿por qué no lo hacemos nosotros?.

Así como lo planteó el gran escritor venezolano Uslar Pietri, hay que “sembrar el petróleo”, refiriéndose al caso de Venezuela. En nuestras regiones debemos exigir que el uso de nuestras riquezas naturales sea una plataforma para desarrollar procesos basados en tecnología y conocimiento, dejando de lado la política para dedicarnos a ser más productivos. La colaboración entre la empresa privada y el Estado es indispensable para que exista crecimiento económico y así competirle al “ratón más conocido del mundo” con los productos del conocimiento y la creatividad “Made in América Latina”.