El Poder en la palabra

La Política

En la película La Invención de la Mentira, el humorista Ricky Gervais se encuentra de repente en una posición privilegiada. En un mundo donde la verdad es la condición natural y obvia de la sociedad, al personaje le ocurre un cambio fantástico: se le activa la capacidad de mentir. Ya no respeta esa ley natural que impide a todos decir o hacer algo que no esté refrendado en la realidad. Así, comienza a tener infinitos beneficios frente a los ingenuos que desconocen esa capacidad de la mente humana de distorsionar las percepciones ajenas.

En un mundo ideal, nosotros no mentimos. En un mundo ideal, los políticos no mienten. En un mundo ideal, quienes nos gobiernan ponen la información en nuestras manos y podemos efectivamente penalizarlos cuando hacen algo en contra de nuestro interés. En un mundo ideal, los ciudadanos pueden ejercer la accountability (rendición de cuentas), no sólo con sus representantes al momento del voto, sino estableciendo un control y aprovechando la posibilidad de examen sobre la correspondencia entre lo que prometen o critican y aquello que hacen o en la práctica sucede.

Pero en el momento de la campaña, donde se hacen esas promesas de gobierno que en teoría, nos darán las razones para poder reclamar posteriormente, escasean justamente los argumentos de peso y contrastables. Por ejemplo, en las últimas elecciones legislativas argentinas, Chequeado hizo el trabajo especial de chequear los spots de campaña. La gran mayoría cayeron en la categoría creada ad hoc de “inchequeable”. Es una evidencia más de que el juego político se hace por fuera de debates espinosos o asuntos comprometidos. No sólo sucede aquí, sino que es una norma también general. El ataque personal o la exaltación de promesas vacías de contenido es lo que prima al momento de posicionarse en los resultados.

La Palabra

En Argentina, por ejemplo, no hay una cultura fuerte de debate democrático. Podría decirse que incluso, hay poca cultura democrática de escucha y respeto a la opinión ajena. Tampoco hay conferencias de prensa de los representantes máximos, por lo que debemos contentarnos con discursos proselitistas o alocuciones de funcionarios. Pero el debate como institución de la campaña electoral ha sido históricamente un gran ausente, pese a las demandas que desde ciertos sectores de la sociedad sistemáticamente se alzan para reclamarlo previo a cada elección.

Sin embargo, si no se han producido hasta ahora es por una multiplicidad de factores. El más notorio y angustiante: se percibe que la ecuación costo-beneficio de participar en el debate es singularmente contradictoria. Para quien lidera la elección, es más “barato” no arriesgarse a ser interpelado por el oponente que ausentarse a la discusión. No hay castigo social y mucho menos en las urnas (hay otros procedimientos más eficaces para asegurarse los votos que quedar sometido a la circunstancia del debate público). En esta ocasión, con perspectivas en las elecciones 2015, ya se encuentran trabajando iniciativas del tercer sector, como Argentina Debate o la emisora opositora al gobierno, TN. Los posibles candidatos ya están siendo invitados a firmar. De algunos, no hay respuesta.

Para quienes observan en el debate entre los posibles representantes una posibilidad única de escuchar contendientes abogando por sus puntos de vistas, la única opción es sumar de a partes spots o apariciones públicas y conformar cierta estructura de divergencias que permitan facilitar la elección. Desgastante para el votante promedio.

Por otro lado, si el vanagloriado retorno de la política es tal, si hoy en día la temática se encuentra presente en casi cada instancia social (hablamos de política en el colectivo, en la fiesta de cumpleaños, en el asado del domingo, en Twitter y en Facebook), resulta por lo menos irrisorio que no podamos asistir a un debate básico entre aquellos que la ejercen.

kennedy

1960: Kennedy vs Nixon, el primer debate presidencial televisado que, además, evidenció el poder de la imagen

De todas maneras, hay algo que no puede perderse de vista. En los debates televisados es mucho más lo que se juega por fuera del discurso que dentro de él. En tiempos de la videopolítica hay tantos factores que juegan e inciden en las preferencias del electorado que el gusto amargo persiste. Hacer campaña en los programas de chismes también trae votos, visibilidad, y presencia ante las cámaras. Y, además, no requiere una preparación especial, una producción de respuestas y un conocimiento cierto de la realidad de las demandas sociales.

Es por esto que, en suma, hay un rol importante que debemos tomar como destinatarios principales de estas iniciativas. Más allá de ser buenos espectadores y sumarnos al puntito de rating que finalmente lo legitimará como un bien social en la perspectiva más cruenta de muchos, está en nosotros alentar una cultura que valorice el debate y lo posicione como una responsabilidad comprometedora para los políticos que estén en condiciones de presentarse. Los debates posiblemente no solucionen nada, ni aseguren candidatos más capaces, ni beneficien a quien verdaderamente lo merece. Pero como ciudadanos, nos merecemos ese espacio donde nosotros seamos los destinatarios de un mensaje que nos considere valiosos.

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